La cocina catalana es una de las más ricas y antiguas de Europa, con platos documentados desde la Edad Media. Muchos de estos clásicos siguen apareciendo en los menús del día de los restaurantes de Cataluña, adaptados a los tiempos pero fieles a su esencia. Aquí tienes diez platos que debes conocer — y probar — cuando comas de menú.
Escudella i carn d'olla. Es el plato de cuchara más antiguo documentado de Europa: el escritor Francesc Eiximenis ya explicaba en el siglo XIV que todos los catalanes la comían cada día. Se trata de un caldo rico obtenido de hervir carne de ternera, pollo, botifarra, huesos y tocino con garbanzos, patata, col, zanahoria, nabo y apio. La pilota — una gran albóndiga de carne picada con huevo, pan y especias — es el alma del plato. Tradicionalmente asociada a la Navidad, en los menús del día de invierno la encontrarás en versión más ligera pero igualmente reconfortante.
Canelons. A pesar de su origen italiano, los canelons son un plato profundamente catalán desde finales del siglo XVIII, cuando cocineros extranjeros que trabajaban en las fondas de Barcelona los introdujeron. La marca El Pavo comercializó las placas secas de pasta en 1911, y eso disparó su popularidad. La tradición de comerlos por Sant Esteve — rellenos con las sobras del asado de Navidad — es única en Cataluña. Pero en los menús del día los encontrarás todo el año, normalmente rellenos de carne asada y cubiertos con bechamel gratinada.
Botifarra amb mongetes. Si hay un plato que simboliza la cocina catalana del día a día, es este. La botifarra — embutido fresco de cerdo, típicamente poco condimentado para dejar que la carne hable — se fríe o se hace a la brasa y se acompaña de mongetes del ganxet o de Santa Pau, pequeñas, blancas y mantecosas, salteadas con un poco de ajo. Simple, contundente y perfecto para el mediodía.
Fricandó. Un guiso elegante de la cocina urbana catalana, documentado desde el siglo XVIII en el recetario del pare Josep Orri. Consiste en filetes muy finos de ternera, enharinados y guisados en un sofrito con setas — tradicionalmente moixernons o cama-secs, aunque hoy se usan también ceps o gírgoles. La salsa, espesa y oscura, es el resultado de una cocción lenta y paciente. El nombre proviene del fricandeau francés, pero el plato ha evolucionado hasta ser inconfundiblemente catalán.
Esqueixada de bacallà. La ensalada estrella del verano catalán: bacalao esqueixat (desmigado a mano, nunca cortado con cuchillo), tomate maduro, cebolla, aceitunas negras y pimiento rojo, todo aliñado con un buen chorro de aceite de oliva. El bacalao salado es un ingrediente fundamental de la cocina mediterránea desde la Edad Media, cuando permitía conservar el pescado durante meses. La esqueixada es fresca, ligera y perfecta como primer plato de un menú del día de verano.
Arròs negre y fideuà. Dos platos marineros de la costa catalana que comparten base: un sofrito intenso con cebolla, tomate y ajo, caldo de pescado y marisco. El arròs negre debe su color y sabor a la tinta de calamar, que le da un gusto profundo y marino. La fideuà, originaria de Gandia en el País Valenciano pero adoptada con entusiasmo por toda la costa catalana, sustituye el arroz por fideos cortos y finos tostados en el horno o la paella. Ambos se sirven típicamente con allioli.
Escalivada. Pimiento rojo, berenjena y cebolla cocidos lentamente a la brasa o al horno hasta que la piel se quema y la carne queda tierna y ahumada. Se pela, se corta en tiras y se aliña con aceite de oliva. El nombre viene de «escalivar», que en catalán significa cocer entre cenizas calientes. Es una guarnición habitual en los menús del día, pero también se come como primer plato con anchoas o queso de cabra.
Crema catalana y mel i mató. Para cerrar, dos postres que encontrarás constantemente en los menús del día. La crema catalana — documentada desde el siglo XIV en el Llibre de Sent Soví — es una crema de huevos, leche, azúcar, canela y piel de limón, con una capa de azúcar quemado encima. Se celebra tradicionalmente el día de Sant Josep (19 de marzo). El mel i mató es aún más sencillo: mató fresc (un queso tierno sin sal) servido con miel. Dos postres que demuestran que la mejor cocina a menudo es la más simple.